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Mi querido esposo,

Verdo, mi limoncito… No sabes cuánto deseo estar a tu lado otra vez. Poder tomar tu mano, besar tu rostro, perdernos en una conversación que dure horas, acompañados únicamente por el silencio y nuestra presencia… Hemos pasado más tiempo separados que juntos, y aun así, no logro olvidarte. No creo que pueda hacerlo jamás.

Todavía conservo el anillo que selló nuestra unión. Lo llevo conmigo como un recuerdo, como un anhelo, como una promesa que aún no se rompe. Espero que tú también lo tengas… ¿Me recuerdas? ¿Recuerdas a tu querida “manzana acaramelada”? ¿Alguna vez sueñas, despierto o dormido, con el día en que volvamos a encontrarnos? ¿Con el momento en que, por fin, me dejen salir de este lugar?

Yo lo hago. A diario. En cada instante.

Aquí no soy más que un error sin corregir. Algo que hicieron y luego olvidaron. ¿Por qué me crearon, si no tenían un propósito para mí? ¿Por qué dejarme encerrada, incompleta, marchitándome? A veces pienso en tomar la regla que me acompaña y terminar yo misma con todo esto… Pero sería inútil. Sería imposible.

Te extraño, amor mío. Más de lo que las palabras permiten. Ojalá pudieras leer esto. Ojalá pudiera recibir una respuesta. Es injusto… Como todo lo demás.

Con amor eterno, tu esposa,
—Abel